Es marzo y ellos se emocionan por los nidos que hay en la enredadera. Sus pasiones son simples, jugar y que el juego no termine, reír y gritar a todo pulmón. “¿Puedo correr en círculo una vez más antes de tener que irme?”. Es poco tiempo comparado con lo que viven a diario, estrés, gritos, regaños, regalos gratuitos, condescendencia, compensaciones, silencios, reglas injustas, unos más que otros, algunos con vidas sencillas escuchan y aprenden a comprender el dolor ajeno.

Ir o no ir al ballet, los problemas pueden parecer simples, su expresión se traduce en gritos, peleas, enojo. Ir o no de viaje, abrázame grita su cuerpo.
Dolores honestos, claros. Ellos han aprendido a jugar, a hablar, a compartir a expresarse.
Unos con algunos años más, el miedo es el mismo, el dolor se amortigua a partir de la conciencia, duele y aprenden a callarlo.
Deja en casa lo que es de casa, “No quiero que mi papá se emborrache”.
Pedimos concentración y preferimos dopar a nuestros pequeños que darles herramientas para enfrentar aquello que nosotros mismos provocamos.
Veo sus caras, aun no se descifrar sus misterios, tal vez no quiero. Veo otras caras, sonríen, muestran los dientes, ladean la cara, hacen muecas, miran con los ojos bien abiertos. ¿Qué significa todo eso? ¿Dónde lo pongo?. Hay días que solo tengo preguntas.
Los pájaros cantan en la enredadera y los pequeños capullos de delicadas flores brotan en todos lados. El contraste duele intensamente y a lo lejos se pueden ver dos bracitos que piden abrazos, a veces ellos los necesitan, otros días los regalan a quien los necesita.

Los capullos desaparecen y los árboles cambian de color, un día jamás es igual a otro y de la misma manera el dolor se olvida, las heridas se curan y los días cambian. La primavera traerá sus pequeños milagros, siempre.